Hay lugares que cuentan la historia de una ciudad sin necesidad de abrir un libro. En Murcia, uno de ellos se encuentra tras la portada monumental del cementerio de Nuestro Padre Jesús, donde el mármol, el hierro y las esculturas funerarias conviven con recuerdos de vidas que dejaron huella. Entre sus calles descansan científicos, políticos, víctimas del terrorismo y familias cuyas historias todavía despiertan curiosidad más de un siglo después.
Inaugurado en el siglo XIX, el cementerio de Nuestro Padre Jesús conserva una parte importante de la memoria histórica y artística de Murcia. Su valor cultural quedó reconocido en 2025, cuando fue declarado Bien Catalogado. El conjunto protegido incluye la portada de entrada, distintas rejerías y 54 panteones, sepulcros y mausoleos.
Pero detrás de sus monumentos no solo hay arquitectura. También hay historias de amor, muertes inesperadas, tragedias colectivas y personajes cuya relevancia merece ser recordada. El cronista oficial de Murcia, Antonio Botías, propone descubrirlas a través de los nombres y las inscripciones que permanecen grabados en este camposanto.
Piedad de la Cierva, la científica que Murcia no debe olvidar
Entre las personas que descansan en Nuestro Padre Jesús destaca Piedad de la Cierva, una científica cuya trayectoria ha permanecido durante años en un segundo plano. Su historia es uno de los ejemplos de cómo un cementerio puede ayudar a recuperar la memoria de figuras relevantes que no siempre han recibido el reconocimiento que merecían.
«Fue una científica tremenda, que hasta hace muy poco nadie sabía ni quién era», recuerda Botías en declaraciones a Europa Press.
Su nombre comparte espacio con el de alcaldes y otras personalidades que participaron en la vida pública murciana. Sus sepulturas permiten reconstruir una parte de la historia de la ciudad a través de quienes contribuyeron a su desarrollo desde distintos ámbitos.
El cementerio también conserva la memoria de Ángel García Rabadán, policía nacional murciano asesinado por la banda terrorista ETA en febrero de 1992. Su tumba recuerda una de las páginas más dolorosas de la historia reciente de España y conecta el recinto funerario con acontecimientos que van mucho más allá de la historia local.
El panteón de una familia que nunca llegó a Murcia
Algunos de los relatos más conmovedores de Nuestro Padre Jesús no pertenecen a personajes célebres, sino a familias anónimas cuya tragedia quedó inmortalizada en piedra.
Es el caso de una pareja de emigrantes que vivía en París y emprendió un viaje hacia Murcia para que sus hijos pudieran hacer la primera comunión. El trayecto terminó de la peor manera: un accidente de tráfico acabó con sus vidas antes de que llegaran a su destino.
La tragedia golpeó también a los familiares que los esperaban en Murcia. «Imagínate para los abuelos que esperaban aquí en Murcia, aquello fue una barbaridad», relata el cronista.
Como recuerdo de la pareja, sus familiares levantaron un panteón que todavía conserva una inscripción tan peculiar como reveladora. En ella, el dolor por la pérdida se mezcla con una petición dirigida a quienes pudieran llevarse las flores depositadas en el monumento.
«El que le robe una planta de las que echan flores a estos jardines indefensos, le pido a Dios que le mande unos picores que se rasque hasta los huesos», advierte el texto.
La inscripción, sin embargo, reserva una excepción para los niños: «Y si son manos inocentes los que roban las flores, que Dios me perdone y la gente, que para ellos no pido picores».
Es una forma muy particular de proteger el lugar de descanso de sus seres queridos. Una frase escrita para evitar que desaparezcan unas flores terminó convirtiéndose en uno de los testimonios más humanos del cementerio, porque detrás de su tono casi humorístico permanece el dolor de una familia que perdió a sus seres queridos de manera inesperada.
El alcalde que salvó a la Virgen de la Fuensanta
La historia política de Murcia también está presente entre las sepulturas del camposanto. Uno de sus nombres más destacados es el de Fernando Piñuela, alcalde republicano y socialista de la ciudad, además de profesor.
Botías lo recuerda especialmente por su papel durante la Guerra Civil: «Fue el alcalde que salvó a la Virgen de la Fuensanta durante la guerra».
Su trayectoria, sin embargo, estuvo marcada por las consecuencias de la contienda. Tras el final de la guerra, Piñuela fue sometido a un proceso de depuración durante la dictadura franquista y condenado a muerte.
Su historia conecta el cementerio con una etapa de persecución política y represión que dejó profundas heridas en la sociedad española. La tumba de Piñuela no es únicamente el recuerdo de un antiguo regidor, sino también una puerta de entrada a una parte de la historia murciana que sigue siendo necesario conocer.
La riada de Santa Teresa y las grandes tragedias de Murcia
No todas las historias del cementerio tienen un nombre propio. Algunas remiten a catástrofes que afectaron a toda la ciudad y que dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva.
Una de ellas es la riada de Santa Teresa, ocurrida durante la madrugada del 14 al 15 de octubre de 1879. La inundación causó oficialmente 777 víctimas mortales, aunque las estimaciones posteriores apuntaron a una cifra superior.
«Imagínate para una ciudad que de un día para otro haya oficialmente 777 víctimas, que luego fueron muchas más», recuerda Botías.
La magnitud de aquella catástrofe permite comprender la importancia que adquirieron los espacios funerarios en una época en la que Murcia también sufrió epidemias de cólera y otros episodios de elevada mortalidad. El cementerio conserva, de esta forma, el recuerdo de una sociedad que tuvo que enfrentarse a pérdidas masivas y a tragedias que afectaron a familias enteras.
Cada sepultura forma parte de una historia individual, pero el conjunto permite acercarse también a los momentos más difíciles que vivió la población murciana durante el siglo XIX.
Un museo al aire libre de arquitectura funeraria
Más allá de las historias personales, Nuestro Padre Jesús destaca por el valor artístico de sus panteones. Buena parte de ellos se construyeron a finales del siglo XIX, cuando las familias con recursos económicos encargaban monumentos funerarios que reflejaban su posición social y las tendencias artísticas del momento.
En su diseño participaron arquitectos como Marín Baldo, Justo Millán y Pedro Cerdán, vinculados al eclecticismo arquitectónico, mientras que maestros de obras como José Gallego y José Méndez se encargaron de ejecutar distintas construcciones.
El resultado es un conjunto de estilos que incluye referencias neogóticas, neobarrocas y neorrománicas, además de cruces, esculturas y rejerías de hierro que reflejan el desarrollo de las artes industriales en la Región de Murcia.
Los panteones convierten el recorrido por el cementerio en una visita al patrimonio artístico de la ciudad, con monumentos que permiten observar cómo la arquitectura también se utilizaba para expresar el duelo, el prestigio familiar y la voluntad de perdurar en la memoria.
El ángel apocalíptico del panteón de la familia Erades
Entre los monumentos más llamativos sobresale el panteón de la familia Erades, situado junto a la entrada principal del cementerio y considerado uno de los ejemplos destacados del modernismo funerario murciano.
«Es una absoluta maravilla del estilo modernista, tiene un ángel en actitud apocalíptica con la espada y está realizado en mármol», describe Botías.
La escultura y la composición del conjunto convierten este panteón en uno de los elementos más reconocibles del recinto. Su propietario, Tomás Erades, también contribuyó económicamente a la construcción del cementerio, por lo que su nombre está ligado tanto a la historia del monumento como a la del propio camposanto.
No muy lejos se encuentra la tumba del arquitecto Pedro Cerdán, cuya trayectoria profesional también quedó vinculada a Nuestro Padre Jesús al ser el autor de la portada monumental del recinto.
Así, la arquitectura del cementerio no solo habla de las tendencias artísticas de una época, sino también de las personas que participaron en la construcción de la ciudad y de los espacios que hoy forman parte de su patrimonio.
Un recorrido por la memoria de Murcia
El cementerio de Nuestro Padre Jesús reúne historias muy distintas: la trayectoria de una científica que durante años permaneció en el olvido, la memoria de un policía asesinado por ETA, el destino trágico de una pareja que nunca llegó a Murcia y la vida de un alcalde represaliado tras la Guerra Civil.
A ellas se suman los recuerdos de las grandes catástrofes del siglo XIX y un patrimonio funerario que refleja la evolución artística y social de la ciudad.
Recorrer este cementerio es acercarse a la historia de Murcia desde una perspectiva diferente, en la que los monumentos y las inscripciones permiten conocer no solo quiénes fueron sus protagonistas, sino también cómo vivieron, qué perdieron y qué quisieron dejar tras de sí.
Porque entre el mármol, las esculturas y los nombres grabados en piedra, Nuestro Padre Jesús conserva algo más que tumbas: guarda fragmentos de la memoria de toda una ciudad.



